En América Latina y el Caribe, hasta el 40% de los pacientes con cáncer no completan sus esquemas terapéuticos citotóxicos o dirigidos debido a complicaciones prevenibles: neutropenia febril, anemia sintomática o dolor mal controlado [1].
Estos eventos no reflejan fallas en los regímenes antineoplásicos, sino una deficiencia crítica en la terapia de soporte. En sistemas de salud donde el gasto farmacéutico oncológico representa entre el 25% y el 40% del presupuesto total, hasta el 30% de ese recurso se consume en el manejo reactivo de toxicidades que podrían evitarse con intervenciones oportunas [1]. En este contexto, los biosimilares no son meras alternativas económicas; son habilitadores de continuidad terapéutica.
Terapia de soporte: pilar de la oncología moderna
La terapia de soporte incluye factores estimulantes de colonias de granulocitos (G-CSF), agentes estimulantes de la eritropoyesis (ESA) y estrategias analgésicas multimodales. Su objetivo no es tratar el tumor, sino preservar la capacidad del paciente para recibir el tratamiento planificado en dosis plenas, a tiempo y sin interrupciones [2]. La ausencia de soporte adecuado se traduce en hospitalizaciones evitables, transfusiones repetidas, retrasos en quimioterapia y, en última instancia, peores resultados oncológicos [2,3]. Históricamente, el acceso a estos agentes ha estado limitado en la región, no por falta de necesidad, sino por su alto costo relativo frente a otros medicamentos esenciales. Esto ha llevado a estrategias restrictivas: uso tardío, dosificación subóptima o exclusión total en muchos centros públicos [1].
Biosimilares: punto de inflexión en equidad terapéutica
Los primeros biosimilares aprobados en oncología fueron precisamente para terapia de soporte: filgrastim y epoetina alfa [3]. Esta prioridad no fue casual. Ambos tienen perfiles farmacológicos bien caracterizados, indicaciones claras y beneficios inmediatos medibles en días o semanas —no en meses—, lo que facilita su evaluación clínica y económica.
En países que adoptaron filgrastim biosimilar de forma temprana, la penetración superó el 80% del mercado en menos de una década, acompañada de una reducción del 30–50% en hospitalizaciones por neutropenia febril [3]. En América Latina y el Caribe, la introducción de biosimilares ha permitido ampliar la cobertura a entre un 30% y un 50% más de pacientes sin aumentar el presupuesto total [1,4].
Impacto clínico y sostenibilidad del sistema
El ahorro directo generado por los biosimilares permite reinvertir recursos en fortalecimiento del sistema oncológico.
Un ejemplo tangible de esta sostenibilidad se observa en Brasil, donde los ahorros generados en 2022 por la incorporación de biosimilares de rituximab y trastuzumab en el Sistema Único de Salud (SUS) permitieron financiar pruebas diagnósticas moleculares en cáncer de mama HER2+ y linfomas, ampliando así el acceso a terapias dirigidas en una población históricamente excluida [6]. Este caso ilustra cómo la adopción estratégica de biosimilares no solo mejora la eficiencia, sino que fortalece la equidad diagnóstica y terapéutica. En una región donde las brechas de acceso alcanzan el 60% frente a países de altos ingresos, esta sostenibilidad no es financiera; es ética [1,6].
Crucialmente, la evidencia regulatoria y de mundo real no ha identificado diferencias clínicamente significativas en eficacia, seguridad ni inmunogenicidad entre biosimilares aprobados y sus productos de referencia [3,5]. Las barreras actuales no son científicas, sino culturales: percepción errónea de inferioridad, desconocimiento médico y procesos administrativos rígidos [3].
Más allá del costo: preservar la intención terapéutica
La verdadera medida del éxito en oncología no es cuánto se gasta, sino cuántos pacientes logran recibir el tratamiento planeado. Los biosimilares actúan como estabilizadores del plan terapéutico: permiten iniciar G-CSF profiláctico desde el primer ciclo, corregir anemia antes de que requiera transfusión, y mantener esquemas citotóxicos en dosis plenas y a tiempo [1,2,4]. Este efecto cascada mejora no solo la supervivencia, sino también la experiencia del paciente y la eficiencia del sistema.
Tabla 1. Terapia de soporte con biosimilares: problema, solución y evidencia en América Latina y el Caribe
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Problema clínico
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Solución con biosimilares
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Evidencia clave
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Neutropenia febril post-quimioterapia
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Filgrastim biosimilar profiláctico
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Reducción del 50% en hospitalizaciones; 80% de penetración en mercados maduros [3]
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Anemia crónica por quimioterapia
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Epoetina alfa biosimilar
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Mantenimiento de Hb >10 g/dL en >70% de pacientes; evita transfusiones en 1 de cada 3 casos [1,5]
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Interrupción de esquemas por toxicidad
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Acceso ampliado a soporte temprano
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+30–50% más de pacientes completan tratamiento sin retrasos [1,4]
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Presupuesto limitado
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Sustitución con biosimilares
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Ahorros del 20–40%; recursos reasignados a diagnóstico molecular y soporte [1,3,6]
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Desigualdad en acceso
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Escalabilidad en sistemas públicos
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Países con políticas activas logran cobertura cercana a la de Europa [4]
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La optimización de la terapia de soporte mediante biosimilares representa una de las intervenciones de mayor retorno clínico y social en oncología moderna. No se trata de elegir entre innovación y austeridad, sino de usar herramientas validadas para hacer que la innovación llegue a más pacientes. En América Latina y el Caribe, donde cada dólar cuenta, los biosimilares no son un compromiso; son una palanca para la equidad, la continuidad terapéutica y, en última instancia, mejores resultados oncológicos [1–6].