La patología de la columna vertebral representa uno de los desafíos más críticos para la salud pública contemporánea, con una prevalencia estimada del 84% en la población adulta en algún momento de su vida (1). En el contexto español, se estima que una de cada cuatro personas padece dolor crónico de raquis, lo que se traduce en una pérdida de bienestar económico equivalente al 32,8% del Producto Interior Bruto nacional (2).
Esta condición no solo constituye la principal causa de años vividos con discapacidad a nivel global, sino que su manejo clínico suele verse comprometido por una brecha significativa entre las recomendaciones de las guías de práctica clínica y la prescripción habitual, caracterizada a menudo por el uso excesivo de pruebas de imagen y la dependencia de terapias pasivas (3). Ante esta realidad, el paradigma terapéutico actual exige una transición hacia modelos biopsicosociales que prioricen la restauración funcional y la educación en neurociencia del dolor (4).
En este contexto de evolución hacia una medicina de precisión, la identificación de biomarcadores moleculares está transformando el diagnóstico del raquis. Recientemente, se han identificado los genes RHOA e ILRUN como actores clave directamente involucrados en la fisiopatología del dolor lumbar crónico, permitiendo una aproximación genética objetiva que complementa los hallazgos radiológicos tradicionales (5). Este avance sugiere que la susceptibilidad al dolor persistente de columna tiene una base molecular medible que debe guiar la personalización de los protocolos terapéuticos desde etapas tempranas (5).
El manejo farmacológico inicial debe fundamentarse en el uso racional de analgésicos no opioides. Los antiinflamatorios no esteroideos (AINE) siguen siendo la primera línea para el dolor agudo y las exacerbaciones del dolor crónico, siempre que se utilicen a la dosis mínima eficaz y durante el menor tiempo posible para mitigar riesgos gastrointestinales y renales (3). La prescripción de opioides, por su parte, debe reservarse exclusivamente para episodios de dolor agudo severo donde los AINE estén contraindicados, evitando siempre su mantenimiento crónico debido al riesgo documentado de dependencia, tolerancia y la falta de evidencia sobre su beneficio funcional a largo plazo (3). Respecto a los fármacos adyuvantes, como los gabapentinoides y los antidepresivos tricíclicos, su papel en el dolor lumbar es restringido y solo se recomiendan ante la sospecha clara de un componente neuropático o una radiculopatía persistente (2). Es imperativo racionalizar la medicación analgésica para evitar la polifarmacia y los efectos adversos asociados, que son causa frecuente de derivación a unidades especializadas tras el fracaso del tratamiento convencional en atención primaria (1, 2).
La integración de estas herramientas en protocolos multidisciplinarios es fundamental para revertir la discapacidad. Como se observa en la Gráfica 1: Impacto de la intervención multimodal en la recuperación funcional de pacientes con dolor lumbar, la combinación sinérgica de educación en neurociencia, ejercicio terapéutico y optimización farmacológica permite una recuperación de la capacidad funcional significativamente más rápida y sostenida en comparación con los cuidados estándar basados en monoterapia o reposo (2, 4, 5).

En el ámbito de las intervenciones avanzadas y la optimización perioperatoria, la analgesia multimodal ha dado un salto cualitativo. El uso de bupivacaína liposomal, junto con técnicas de anestesia regional como el bloqueo del plano erector de la columna (ESPB), ha demostrado una reducción drástica del consumo de opioides postoperatorios y una movilización mucho más temprana del paciente (6). Estas estrategias no solo mejoran el confort inmediato en cirugías complejas, sino que actúan previniendo la sensibilización central y reduciendo significativamente el riesgo de transición hacia el dolor crónico postquirúrgico (6).
Finalmente, el éxito terapéutico en el abordaje del dolor de columna depende de la coordinación estrecha entre los diferentes niveles asistenciales (1). La derivación a unidades especializadas debe ser oportuna, especialmente en pacientes que no alcancen una mejoría funcional superior al 30% tras tres meses de tratamiento optimizado o en aquellos que son candidatos a técnicas intervencionistas más complejas como los bloqueos epidurales o la radiofrecuencia de facetas (1, 2). El enfoque orientado a la función y basado en la neurociencia no solo mejora los resultados clínicos y la satisfacción del paciente, sino que optimiza de manera sistémica el uso de los recursos sanitarios al reducir la prescripción innecesaria de fármacos y la realización de cirugías en casos de sensibilización central donde el daño tisular estructural no es el mecanismo predominante del dolor (4). La integración de educación, ejercicio terapéutico y medicina de precisión constituye la piedra angular de la rehabilitación neurobiológica moderna del raquis (1, 2, 4, 5).
1. Hernández Peña XM, Gazel Reuben TA, Stammes Sancho E, et al. Manejo integral de la lumbalgia en el servicio de emergencias: una revisión sistemática. LATAM Rev Latinoam Cienc Soc Humanid. 2026;7(2):511-520.
2. López-Belinchón S, Bustos Jiménez B, Vicente García A, et al. Manejo del dolor crónico. Criterios de derivación a la Unidad del Dolor. Nuevo Hosp. 2025;21(2).
3. Chiarotto A, Koes BW. Nonspecific low back pain. N Engl J Med. 2022;386(18):1732–1740.
4. Morral Fernández A, Martín Royo J, Perelló Bratescu A. Abordaje del dolor persistente mediante ejercicio físico terapéutico y educación en neurociencia del dolor. Dolor. 2023;38:123-33.
5.