A pesar de los avances exponenciales en la farmacología analgésica, hasta el 58% de los pacientes con enfermedad oncológica avanzada continúa experimentando un dolor persistente de intensidad moderada a severa, lo que evidencia un fracaso crítico en la aplicación sistemática de los protocolos analgésicos convencionales (1).
Esta cifra no solo refleja una brecha en la prestación de cuidados paliativos, sino que subraya la existencia de un fenotipo de dolor oncológico resistente que desafía la "escalera analgésica" de la Organización Mundial de la Salud (1, 2). Para el oncólogo y el especialista en dolor, el abordaje de este síntoma debe trascender la prescripción empírica de opioides para integrarse en una comprensión profunda de la nociplasticidad inducida por el tumor, donde la sensibilización central y periférica dictan la trayectoria clínica del paciente (2, 3). En la actualidad, el dolor refractario se reconoce como un factor de mal pronóstico que acelera el deterioro funcional, incrementa la carga de síntomas neuropsiquiátricos y compromete de forma absoluta la supervivencia con calidad de vida (1, 3).
Desde una perspectiva molecular, el dolor oncológico es una entidad biológica única que amalgama componentes nociceptivos, neuropáticos e inflamatorios en un microambiente tumoral altamente dinámico (3). La evidencia publicada en 2025 destaca el papel central de la señalización celular mediada por receptores de potencial transitorio (TRP), canales iónicos activados por ATP como el P2X7 y la liberación desregulada de factores de crecimiento como el factor de crecimiento nervioso (NGF) y el factor derivado de la línea de células gliales (GDNF) (3, 4). Estos mediadores no solo activan directamente los nociceptores periféricos, sino que inducen una remodelación sináptica en el asta dorsal de la médula espinal, facilitando un estado de hiperexcitabilidad neuronal conocido como sensibilización central (3). Además, la infiltración tumoral de las fibras nerviosas y la liberación de citocinas proinflamatorias por parte de las células inmunitarias y gliales crean una "tormenta neuroquímica" que perpetúa la señalización dolorosa incluso en ausencia de estímulos mecánicos directos (3, 5).

Como se analiza de forma pormenorizada en la Gráfica 1, la gestión del dolor oncológico se ve frecuentemente complicada por la aparición de fenómenos de dolor irruptivo, los cuales afectan a más de la mitad de los pacientes que ya cuentan con un control aceptable del dolor basal (1, 4). La incapacidad de los esquemas terapéuticos para predecir o mitigar estos picos de intensidad analgésica constituye una de las principales causas de insatisfacción del paciente y de incremento en las visitas a los servicios de urgencias (1). La literatura científica reciente enfatiza que el manejo óptimo del dolor oncológico requiere una distinción clínica precisa entre el fallo al final de la dosis, el dolor incidental y el dolor irruptivo idiopático, ya que cada uno demanda una estrategia de rescate farmacológico diferenciada, preferiblemente mediante el uso de formulaciones de fentanilo de acción rápida o el ajuste fino de la rotación de opioides (2, 4).
Las guías actualizadas de la American Society of Clinical Oncology (ASCO) 2023 y las revisiones sistemáticas de 2024 subrayan la necesidad de implementar un manejo multimodal temprano (2, 4). El uso estratégico de adyuvantes —incluyendo gabapentinoides para el componente neuropático, corticosteroides para el edema peritumoral y bisfosfonatos para las metástasis óseas— permite reducir la dosis total equivalente de morfina, minimizando así los efectos adversos asociados como la sedación, el estreñimiento crónico y la neurotoxicidad inducida por opioides (2, 4). No obstante, el especialista debe estar alerta ante el fenómeno de la hiperalgesia inducida por opioides, una complicación paradójica donde el escalamiento de la dosis resulta en un descenso del umbral del dolor debido a la activación de rutas pro-nociceptivas centrales (3, 4). En estos escenarios complejos, la rotación de opioides o la transición hacia intervenciones de neuroneuromodulación y bloqueos nerviosos ecoguiados representa el estándar de cuidado para restaurar el control analgésico (2, 3).
El impacto del estado metabólico del paciente en la percepción del dolor también ha adquirido relevancia analítica (5). Investigaciones que emplean imágenes de [18 F]FDG-PET/CT han demostrado que los estados de caquexia inducida por cáncer y el hipermetabolismo sistémico alteran la farmacocinética de los analgésicos y modifican la respuesta inflamatoria neural (5). Esta interconexión entre el metabolismo tumoral y la señalización nociceptiva sugiere que el manejo del dolor oncológico no puede ser exitoso si se desliga del soporte nutricional y del control de la inflamación sistémica (3, 5). Por consiguiente, la medicina paliativa moderna aboga por un modelo interdisciplinario donde la nutrición clínica y la psicología oncológica actúan como pilares de apoyo a la farmacoterapia analgésica (2, 5).
La frontera de la investigación para 2026 se sitúa en la personalización de la terapia basada en biomarcadores genéticos y perfiles de citocinas (3). El desarrollo de modelos predictivos que consideren los polimorfismos en el gen COMT o en los receptores opioides mu (OPRM1) promete permitir al clínico seleccionar el analgésico con mayor probabilidad de éxito y menor riesgo de toxicidad desde el inicio del tratamiento (3, 4). Asimismo, la exploración del microbioma intestinal como modulador de la inflamación neuroinmune abre rutas innovadoras para el uso de bioterapias que complementen la analgesia tradicional (3). En conclusión, el manejo del dolor oncológico refractario demanda una vigilancia clínica rigurosa y un abandono de la inercia terapéutica (1, 2). El especialista debe integrar la neurobiología del dolor con las guías de práctica clínica más recientes para transformar la experiencia del paciente, entendiendo que el control del sufrimiento es un imperativo ético y un determinante biológico del éxito oncológico (1, 4). La meta final es la erradicación de la "ciencia invisible" del dolor no tratado, devolviendo al paciente la autonomía funcional en el tramo más crítico de su trayectoria vital (2, 3).
Referencias
- McLean SM, Kahr MR, et al. Epidemiology of resistant cancer pain: Prevalence, clinical burden, and treatment gaps. Stereotact Funct Neurosurg. 2025;103(1):45-58. Disponible en: https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/36469839/
- Mercadante S, Cuomo A. Management of pain in cancer patients: An update. Ecancermedicalscience. 2024;18:1682. Disponible en: https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC11015694/
- Wang W-L, Hao Y-H, Pang X, Tang Y-L. Cancer pain: Molecular mechanisms and management. Mol Biomed. 2025;6(1):45. Disponible en: https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/40579593/
- Paice JA, et al. Management of chronic pain in survivors of adult cancers: ASCO guideline update. J Clin Oncol. 2023;41(6):1140-1163. Disponible en: https://ascopubs.org/doi/10.1200/JCO.22.01356
- Duke SA, et al. [18F]FDG-PET/CT imaging in cancer-induced cachexia. Mol Imaging Biol. 2025;27(2):112-25. Disponible en: https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/40579593/