Aproximadamente 7 de cada 10 hombres con hiperplasia benigna de próstata (HBP) presentan algún grado de disfunción sexual, principalmente eréctil o eyaculatoria [1].
Esta cifra no refleja una coincidencia etaria, sino una superposición fisiopatológica profunda entre los síntomas del tracto urinario inferior (LUTS) y el deterioro de la función sexual masculina. Lejos de ser un efecto secundario, la disfunción sexual constituye una manifestación integral de la misma enfermedad prostática, con implicaciones directas en la adherencia terapéutica, la calidad de vida y la toma de decisiones clínicas [1,2].
LUTS como factor de riesgo independiente para disfunción sexual
La asociación entre LUTS y disfunción sexual persiste incluso tras ajustar por edad, comorbilidades cardiovasculares y uso de medicamentos [1]. Esto establece a los LUTS como un factor de riesgo independiente para el deterioro de la función eréctil, eyaculatoria y de la satisfacción sexual global. Además, existe una relación dosis-respuesta clara: a mayor severidad de los síntomas urinarios, peor es el desempeño sexual [1,2]. En estudios prospectivos, los pacientes con LUTS moderados a severos tienen hasta 3 veces más riesgo de desarrollar disfunción eréctil que aquellos con síntomas leves [2].
Mecanismos fisiopatológicos compartidos
La explicación radica en vías patogénicas comunes. La disfunción endotelial reduce la biodisponibilidad de óxido nítrico, afectando tanto la relajación del músculo detrusor como la vasodilatación del cuerpo cavernoso [2]. El tono simpático aumentado, característico de la HBP, promueve contracción prostática y vesical, pero también interfiere con la fase de emisión eyaculatoria y la respuesta eréctil. A esto se suma una inflamación crónica a nivel prostático y pélvico, que perpetúa alteraciones neuromusculares en todo el suelo pélvico [2]. No se trata de dos entidades concurrentes, sino de expresiones distintas de un mismo proceso patológico.
Impacto del tratamiento farmacológico sobre la función sexual
El manejo farmacológico de la HBP tiene consecuencias directas sobre la función sexual, tanto positivas como negativas, dependiendo del mecanismo de acción del fármaco. Los alfa-bloqueadores son ampliamente utilizados por su eficacia en el control de LUTS. Sin embargo, su impacto sobre la eyaculación varía según la selectividad por el subtipo α1A, predominante en la próstata y en los conductos eyaculatorios [3]. La silodosina, altamente uroselectiva, logra excelente control urinario, pero induce disfunción eyaculatoria en hasta el 28% de los pacientes [3,4]. La tamsulosina presenta un perfil intermedio (~10–15%), mientras que alfa-bloqueadores menos selectivos (doxazosina, terazosina) muestran menor incidencia de alteraciones eyaculatorias, aunque con menor eficacia urinaria específica [3,4].
Por otro lado, los inhibidores de la 5-alfa reductasa (finasterida, dutasterida) reducen el volumen prostático y el riesgo de progresión quirúrgica, pero se asocian con efectos adversos sexuales en un subgrupo significativo: disminución de libido (3–5%), disfunción eréctil (5–9%) y trastornos eyaculatorios [3]. Estos efectos pueden persistir tras la suspensión en casos raros (“síndrome post-finasterida”), lo que exige consentimiento informado explícito [3].
Dado que los efectos adversos sexuales pueden manifestarse en las primeras semanas de tratamiento, se recomienda evaluar la función eréctil, libido y eyaculación a los 3 y 6 meses de iniciado el inhibidor de la 5-α reductasa, especialmente en pacientes jóvenes o sexualmente activos [3,5].
Guías clínicas: la sexualidad como criterio de decisión
Las Guías de la Asociación Europea de Urología (EAU) 2024 establecen de forma inequívoca que la función sexual debe evaluarse de forma sistemática en todo paciente con LUTS [5]. Además, recomiendan considerar el perfil sexual de cada tratamiento antes de prescribirlo, dado que este factor determina directamente la adherencia y la satisfacción a largo plazo [5]. Un hombre que abandona su alfa-bloqueador por aneyaculación no está “incumpliendo”; está priorizando una dimensión legítima de su salud.
Tabla 1. Impacto de las terapias farmacológicas para HBP sobre la función sexual
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Molécula/ Clase farmacológica
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Mecanismo principal
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Efecto sobre función eréctil
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Efecto sobre eyaculación
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Consideraciones clínicas
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Silodosina
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Bloqueo α1A altamente selectivo
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Neutro / leve mejora
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Disfunción eyaculatoria en ~28%
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Evitar en pacientes activos o preocupados por eyaculación [3,4]
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Tamsulosina
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Bloqueo α1A parcial
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Neutro
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Disfunción en ~10–15%
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Perfil intermedio; monitorear tolerancia sexual [4]
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Doxazosina / Terazosina
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Bloqueo α1 no selectivo
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Posible mejora (vasodilatación)
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Bajo riesgo (<5%)
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Menor eficacia urinaria; útil si sexualidad es prioridad [3]
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Inhibidores de 5-α reductasa
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Reducción DHT
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Disfunción eréctil en 5–9%
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Trastornos en ~5%
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Requiere consentimiento informado; evitar en jóvenes sin hijos [3]
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El manejo moderno de la HBP ya no se mide solo en mililitros orinados o Qmax. Se mide en calidad de vida íntima. La disfunción sexual no es un tema secundario; es una comorbilidad prevalente, biológicamente fundamentada y decisiva en la toma de decisiones. Un enfoque racional exige:
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Evaluar la función sexual desde la primera consulta mediante escalas validadas (IIEF, MSHQ),
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Discutir abiertamente los perfiles sexuales de cada fármaco,
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Priorizar estrategias que equilibren eficacia urinaria y preservación sexual.
Solo así lograremos tratamientos que no solo vacíen la vejiga, sino que respeten la identidad, la autonomía y el bienestar integral del hombre.