A pesar de su uso generalizado en la práctica clínica y en la investigación, la evaluación del dolor continúa basándose principalmente en escalas unidimensionales de intensidad, como la escala numérica, que reducen una experiencia compleja a un solo valor cuantitativo, limitando su validez clínica y su capacidad para guiar decisiones terapéuticas (1,2).
El dolor es definido por la Asociación Internacional para el Estudio del Dolor como una experiencia sensorial y emocional desagradable asociada o similar a la asociada con daño tisular real o potencial, lo que resalta su carácter inherentemente subjetivo y multidimensional (1). Esta discordancia entre la complejidad del fenómeno y su medición evidencia una brecha crítica en su evaluación, con implicaciones directas para la práctica clínica y el desarrollo de investigación en dolor (2).
En este contexto, la clasificación del dolor propuesta en la ICD-11 ha representado un avance significativo al reconocer el dolor como una entidad clínica compleja, diferenciando entre dolor primario y secundario e incorporando dimensiones biopsicosociales en su conceptualización (2). Sin embargo, en la práctica clínica y en la investigación, persisten enfoques reduccionistas que no logran capturar la interacción dinámica entre factores biológicos, psicológicos y sociales (1).
Además, la naturaleza comunicativa del dolor implica que su expresión está mediada por factores cognitivos, emocionales y contextuales, lo que introduce variabilidad en su evaluación y dificulta su cuantificación mediante instrumentos tradicionales. Estas limitaciones han impulsado el desarrollo de modelos más integradores que permitan una evaluación más precisa y significativa de la experiencia dolorosa (3).
Modelo de evaluación multimodal del dolor: fundamentos conceptuales
Ante estas limitaciones, el Modelo de Evaluación Multimodal del Dolor propone un marco conceptual que integra múltiples dominios de la experiencia dolorosa, incluyendo aspectos sensoriales, afectivos, cognitivos y contextuales, con el objetivo de mejorar su comprensión y medición. Este modelo plantea que el dolor no puede ser adecuadamente evaluado a través de una única dimensión, sino que requiere la combinación de diferentes fuentes de información que reflejen su complejidad inherente (4).
Desde esta perspectiva, la evaluación del dolor debe incorporar tanto medidas subjetivas reportadas por el paciente como herramientas multidimensionales que permitan capturar cambios clínicamente relevantes en diferentes dominios, favoreciendo una caracterización más completa del fenómeno (5). Esta aproximación reconoce que la experiencia del dolor está influenciada por procesos de interpretación cerebral, aprendizaje previo y expectativas, lo que refuerza la necesidad de modelos que integren estas dimensiones en su evaluación (6).
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Asimismo, el modelo multimodal enfatiza la importancia de considerar el dolor como una experiencia dinámica, que evoluciona en el tiempo y que puede variar en función de múltiples factores internos y externos, lo que exige herramientas de evaluación flexibles y adaptativas (4). En este sentido, la integración de diferentes dominios permite no solo una mejor caracterización del dolor, sino también una mayor precisión en la identificación de fenotipos clínicos (5).
Implicaciones para la investigación y la práctica clínica
La adopción de un modelo multimodal de evaluación del dolor tiene implicaciones relevantes tanto para la investigación como para la práctica clínica, al permitir una aproximación más integral y centrada en el paciente (5). En el ámbito de la investigación, este enfoque facilita el desarrollo de medidas más sensibles y específicas, capaces de captar cambios clínicamente significativos más allá de la simple reducción de la intensidad del dolor (5).
En la práctica clínica, la implementación de este modelo permite mejorar la toma de decisiones al proporcionar una visión más completa del paciente, incluyendo factores emocionales, cognitivos y funcionales que influyen en la experiencia del dolor (6). Esto favorece un abordaje más individualizado y coherente con la complejidad del fenómeno, alineado con los principios del modelo biopsicosocial (2).
En conjunto, el Modelo de Evaluación Multimodal del Dolor representa un avance conceptual relevante al integrar la experiencia subjetiva dentro de marcos estructurados de evaluación, superando las limitaciones de los enfoques tradicionales y contribuyendo a una mejor comprensión del dolor en contextos clínicos y de investigación (4).