El dolor crónico se ha consolidado como una epidemia silenciosa de proporciones devastadoras, afectando a más de 1.500 millones de personas a nivel mundial y generando una discapacidad funcional que supera a cualquier otra condición médica conocida (1).
En términos macroeconómicos, su impacto es sistémico; solo en los Estados Unidos, el coste anual asociado supera los 500.000 millones de dólares, lo que representa un desafío insostenible para los sistemas sanitarios contemporáneos (1). Ante este escenario, la visión clásica del dolor como un simple síntoma ha sido desplazada por su reconocimiento como una enfermedad en sí misma cuando persiste más allá de los tres meses, requiriendo una transición urgente desde un modelo reactivo hacia una medicina de precisión fundamentada en mecanismos fisiopatológicos (2).
El grupo de investigación liderado por Bhagar et al. (2026), en un trabajo publicado en Molecular Psychiatry, propone el uso de la "biopsia líquida" del dolor para superar la subjetividad de escalas como la EVA mediante la identificación de biomarcadores moleculares en sangre (3). Sus hallazgos destacan al gen CD55 como el principal biomarcador de supresión del dolor y al gen ANXA1 como el "interruptor" molecular cuyos niveles aumentan drásticamente en estados de dolor severo (3). Estos paneles moleculares no solo objetivan la intensidad, sino que permiten predecir futuras crisis de dolor y visitas a urgencias con meses de anticipación (3).
La implementación de la CIE-11 y las nuevas directrices de la IASP han redefinido la taxonomía del dolor crónico, clasificándolo en función de su origen biológico en tres dimensiones principales: nociceptivo, neuropático y nociplástico (2, 4). El manejo clínico actual requiere abandonar el enfoque puramente etiológico para adoptar uno basado en mecanismos, donde la identificación de canales iónicos específicos y neurotransmisores alterados guíe la terapia (4). La efectividad de esta medicina de precisión se detalla en el gráfico 1: Eficacia de la reducción del dolor según el abordaje terapéutico, la cual ilustra cómo la identificación del fenotipo sensorial permite una reducción del dolor significativamente mayor al transitar de monoterapias empíricas a esquemas multimodales basados en la fisiopatología molecular del paciente (2, 3, 4).
La evolución terapéutica ha llevado a la sustitución de la rígida "escalera analgésica de la OMS" por el concepto dinámico de "ascensor analgésico", permitiendo saltos terapéuticos inmediatos basados en el mecanismo detectado (2). Un análisis crítico publicado por Varrassi et al. (2026) en la revista Cancers subraya la urgencia de este enfoque, al constatar que dos tercios de los pacientes con cáncer metastásico aún experimentan un control inadecuado de su dolor, lo que exige una transición rápida a opioides fuertes cuando la biopsia líquida así lo indique (5). Para el dolor mixto, la combinación de antiinflamatorios con gabapentinoides o inhibidores duales de la recaptación se recomienda como terapia de primera línea (6). En pacientes con sensibilización central severa, el uso de ketamina en dosis subanestésicas actúa revirtiendo la memoria del dolor (7).
Finalmente, el éxito en el manejo del dolor crónico depende de un abordaje multidisciplinar y coordinado que involucre a la atención primaria y a las unidades especializadas (2). La derivación oportuna a la Unidad de Dolor (UDO) es crítica para pacientes con dolor refractario que no han alcanzado una mejoría superior al 30% tras tres meses de tratamiento optimizado (2). La integración de estrategias farmacológicas, rehabilitación física intensiva y apoyo psicológico constituye la piedra angular para mejorar la calidad de vida de los pacientes. Solo a través de una comprensión profunda de los mecanismos subyacentes y el uso de nuevas herramientas de medición objetiva se podrá mitigar la carga global que representa esta patología en la medicina moderna (1, 2, 3, 5).
Referencias
1. Mackey S, Aghaeepour N, Gaudilliere B, et al. Innovations in acute and chronic pain biomarkers: enhancing diagnosis and personalized therapy. Reg Anesth Pain Med. 2025;50:110–120.